A los 81 años es voluntaria en un hospital público

A los 81 años es voluntaria en un hospital público

No es una paya médica, pero igual busca acompañar a los enfermos. Laura Pichetto tiene casi 82 años, y hace más de 20 que es voluntaria en hospitales púbicos.

Se quedó recostada en su cama, no se podía mover. No sabía que le pasaba, “Pensé que me estaba muriendo ahogada”, cuenta ahora Laura Pichetto. Después de varias horas la encontraron los guardias del barrio privado donde vive, en Pilar. Los médicos le dijeron que había tenido un sincope cardíaco.  Pero a pesar de que casi muere, ella estaba tranquila; y sigue estándolo, porque sabe que dedica su vida a servir en todo lo que puede.

Siempre que la visitan se sienta en el mismo lugar, lista para escuchar y aconsejar. J.P
Siempre que la visitan se sienta en el mismo lugar, lista para escuchar y aconsejar. J.P

Sentada en el living de su pequeña casa, recuerda con nostalgia sus primeros años. Nació el 31 de septiembre de 1933, en Núñez. Hija única de un jesuita diplomático y una docente apasionada. Creció entre destacados artistas, filósofos y políticos de la época, quienes consultaban a su abuelo, cuyo mandato era “educar al pueblo”. Asistió a colegios públicos compartiendo así su educación con personas de todo nivel social. “Fue una experiencia de vida impresionante”, afirma. A los 22 años se casó,  con Julio Mendez, y tuvo una sola hija, Claudia.

Participó de la Liga de Madres y fundó una asociación de dadores voluntarios de sangre en la iglesia del Sagrado Corazón, en caballito, donde vivió gran parte de su matrimonio. Pero su labor más importante de esos años fue fundar el jardín de infantes de la parroquia, el cual permaneció hasta hace algunos años. Con la ayuda de Marta Zanotti, una destacada educadora de la época, generó un espacio de aprendizaje para niños de diversas clases sociales.

                Sus ojos brillan al hablar del voluntariado. Cree que es un regalo que Dios le hizo, ya que recibe siempre mucho más de lo que da

En 1966, por sugerencia de una amiga, comienza a ser voluntaria en el Hospital Casa Cuna. Allí descubrió que su vocación estaba con el enfermo. Después de 17 años, debe dejar de asistir para cuidar a su esposo, quien sufría de cáncer. A los 75 años, tras la muerte de su marido, decide volver a participar del voluntariado.  Y ahora, con sus casi 82 años sigue yendo todos los martes al Hospital Municipal Sanguinetti, en Pilar. “Ahí viene la viejita voluntaria”, dicen todos al verla pasar.

Detrás de su cuerpo ya arrugado, y su sonrisa permanente se esconde otra realidad. Tiene artrosis y epoc, enfermedad pulmonar que la tuvo al borde de la muerte muchas veces. Sufrió de varios canceres de piel, por lo cual debe cuidarse también en ese aspecto. Pero nada de eso le importa, mientras le den las fuerzas va a seguir yendo cama por cama en el hospital. “¿Para que voy a ir si no es para asistir a cada enfermo?”, comenta con picardía.

Desde niños a ancianos, accidentados o enfermos psiquiatricos, a todos atiende Pichetto cada vez que va. Crédito: Diario Bae
Desde niños a ancianos, accidentados o enfermos psiquiatricos, a todos atiende Pichetto cada vez que va al Hospital Sanguinetti en Pilar. Crédito: Diario Bae

Sus ojos brillan al hablar del voluntariado. Cree que es un regalo que Dios le hizo, ya que recibe siempre mucho más de lo que da.  Sea escuchando a los enfermos o a sus familiares, acercando las donaciones que se necesiten, o dando de comer a quienes no pueden hacerlos solos, ella siempre está ahí. Buscando dar lo que el otro necesita, no lo que ella quiere. La única característica que destaca como diferente entre ella y las demás voluntarias es su fe. Pichetto no solo quiere acompañar y ayudar, sino también acercar a las personas a Dios.

Pichetto es voluntaria en un Hospital Municipal, donde se enfrenta con 
realidades muy diferentes. Tanto los voluntarios como los pacientes no 
se parecen a los del Hospital Casa Cuna. J.P

Sonriente y activa, serían dos palabras para describir a esta heroína de 81 años. No tiene un día libre en su semana, siempre encuentra algo para hacer. Se reúne con amigas y familiares, va al shopping o a hacer trámites. Su nieta, de 19 años, se sorprende del lenguaje joven que utiliza su abuela. Escucha rock, blue, o música clásica. Pero eso sí, escucha, no oye; mientras suena la música no hace nada, solo la disfruta. Lee novelas de amor, pero también libros de sociología y filosofía. El centro de su semana son los martes; ese día, deja de lado sus preocupaciones, para conocer la de aquellos que más sufren. Se enfrenta cara a cara con situaciones difíciles, que la conmueven y llenan de dolor. Pero sabe que la vida no termina en este mundo, y eso es lo que quiere transmitir a cada enfermo que visita.

Por Josefina Palau Posse

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